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Cuando la iglesia encubre criminales

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Columnista sindicado

Primero lo obvio. Cualquier persona que encubra o proteja a un criminal que violó, abusó sexualmente de un menor de edad o que esté involucrado en pornografía infantil es, también, un delincuente que debe ser enjuiciado, castigado y encarcelado. No importa si es sacerdote o si no lo es. Ojalá el Vaticano esté escuchando.

Ese es precisamente el argumento que los fiscales en Missouri están planteando. El pasado octubre, Jean Peters Baker, fiscal del Condado Jackson, anunció una acusación de gran jurado contra el obispo Robert Finn y la Diócesis católica de Kansas City-St. Joseph. La acusación argumenta que Finn y funcionarios de la diócesis encubrieron las actividades de un cura, Shawn Ratigan, a quien se le acusa de haber tomado fotografías pornográficas de varias niñas.

Según un artículo publicado el 15 de octubre por The New York Times, un técnico encontró varias fotos lascivas en la computadora de Ratigan e informó de ello a la diócesis en diciembre de 2010. Pero la diócesis, dirigida por Finn, esperó hasta mayo de este año antes de informar a la policía. Durante casi medio año, Ratigan siguió tomando parte en fiestas infantiles y otros eventos de la diócesis, y en una ocasión administró la Primera Comunión, según reportó el diario The New York Times. La acusación oficial sugiere que eso se hubiera evitado si el obispo Finn y la diócesis de Kansas City hubieran cumplido con la promesa que hizo la iglesia católica norteamericana hace una década, de entregar prontamente a la policía a sacerdotes que abusaran de niños.

La evidencia contra Ratigan, según fue publicado, incluye “cientos de fotografías de niños en la laptop del sacerdote Ratigan, incluyendo la vagina de una niña, faldas levantadas e imágenes centradas en los genitales”. Ratigan ha sido acusado de poseer y producir pornografía infantil y se ha declarado no culpable de dichas acusaciones. Finn y la diócesis, acusados del delito menor de no reportar sospechas de abuso infantil, también se han declarado no culpables.

Pero salgamos de Kansas City por un momento. ¿Cuántos obispos y líderes de la iglesia han encubierto a miles de sacerdotes acusados de abuso sexual infantil y no les ha pasado nada? El caso del obispo Finn llama la atención, precisamente, porque es el único en el continente americano. Solo un obispo francés ha sido acusado de un caso similar, según investigó The New York Times.

Esto afecta a vivos y muertos. La prisa por santificar a Juan Pablo II debe ceder ante una investigación exhaustiva sobre lo que sabía el antiguo papa, con respecto a los abusos sexuales a menores de edad cometidos por el fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel.

La estrecha cercanía de Juan Pablo II con Maciel hace poco probable que el papa ignorara las múltiples acusaciones en su contra. La pregunta es, a la vez, sencilla y brutal: ¿encubrió Juan Pablo II a Maciel? Si lo encubrió, entonces, que no lo hagan santo.

El actual papa, Benedicto XVI, también tiene mucho qué explicar. El entonces cardenal Joseph Ratzinger estuvo encargado de las investigaciones de abuso sexual contra sacerdotes católicos, cuando presidió la Congregación de la Doctrina de la Fe de 1981 al 2005.

Además, cuando Ratzinger fue arzobispo de Múnich y Freising recibió (junto con otras personas) un memorándum en 1980 en que se confirma el traslado de un sacerdote pedófilo, Peter Hullermann, de la congregación de Essen a la de Munich. Hullermann vuelve a trabajar con niños y en 1986 fue encontrado culpable de abusar sexualmente de varios de ellos. Aún así, la cultura que prevalecía en la iglesia católica en ese entonces era la de proteger a los sacerdotes criminales y no a sus víctimas, niños en la mayoría de los casos. Las nuevas acusaciones contra la diócesis en Kansas City, sin embargo, ofrecen algunas evidencias de que las actitudes están empezando a cambiar. Aun cuando los funcionarios de la diócesis efectivamente esperaron para hacer la denuncia, Ratigan finalmente fue entregado a la policía. El castigo, tan leve, ya no importa. Lo que importa es que, finalmente, se da el primer caso de un obispo norteamericano que se enfrenta a la justicia por, supuestamente, encubrir a un pedófilo. La sotana no debe proteger a nadie. El principio legal y moral se sostiene: no se vale saber durante medio año que hay un abusador sexual interactuando con niños de la parroquia y no hacer nada.

¿Tiene algún comentario o pregunta para Jorge Ramos? Envíe un correo electrónico a Jorge.Ramos@nytimes.com. Por favor incluya su nombre cuidad y país.

Jorge Ramos es ganador del premio Emmy, autor de nueve libros y conductor del Noticiero Univision.


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