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Jenni Rivera y el abismo cultural

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Columnista Sindicado

No nos entienden. Tratan. Pero todavía no nos entienden. La muerte de la cantante mexicoamericana Jenni Rivera refleja el enorme abismo cultural que separa a los latinos del resto de los habitantes de Estados Unidos. Son como dos mundos paralelos.

Jenni, que era madre de cinco hijos, murió a principios de este mes tras un concierto en Monterrey, México. Ella y otras seis personas perecieron cuando el jet privado en que viajaban se estrelló en ruta hacia Ciudad de México.

Tan pronto como se conoció la noticia de esta tragedia, los medios de comunicación en español cubrían obsesivamente (y con récords de audiencia) cada detalle de la muerte de este ídolo de la música de banda o grupera: qué cenó la última vez, cuántos años tenía el Learjet en que viajó, por qué el escenario del concierto en Monterrey tenía forma de cruz. Querían saberlo todo.

Mientras tanto, los canales de televisión y la prensa en inglés fueron tomados por sorpresa. Para muchos de ellos la primera pregunta fue: ¿Y quién es Jenni Rivera?

No había excusa para esto. Después de vender más de 15 millones de álbumes, Jenni no debería haber sido una desconocida para los medios en inglés, especialmente para los reporteros de espectáculos.

Para muchos medios y periódicos norteamericanos, Jenni no existía (de la misma manera en que no existen millones de hispanos). No nos ven. Pero lo más curioso es que ella nació en Long Beach, California. “Playa Larga”, le decía. No era un problema de idioma; Jenni hablaba perfectamente el inglés.

Después del shock inicial, casi todos los medios en inglés cubrieron brevemente la muerte de Jenni (buscando comparaciones equivocadas en Dolly Parton y hasta en Taylor Swift). Su música norteña difícilmente era equivalente al “country”. Minutos después, aún sin entender el fenómeno, dejaron a Jenni en paz y regresaron a cubrir el abismo fiscal, la guerra en Siria y el retiro de la candidatura de la embajadora Susan Rice como secretaria de estado.

Nunca comprendieron que, independientemente de su música, ella se dio a conocer por ser una mujer muy “luchona”, que nunca se dejó del machismo y que denunció en todo momento la violencia doméstica de que fue víctima. No extraña, por lo tanto, que muchas mujeres latinas la vieran como un ejemplo a seguir. En la última entrevista que tuve con ella, en el 2010, salió a defender a los inmigrantes indocumentados como si fuera su propio problema personal. Por eso la querían tanto.

El abismo cultural que separa a los hispanos de otros grupos en Estados Unidos quedó claro, también, con la trágica muerte del boxeador puertorriqueño Héctor “Macho” Camacho, asesinado afuera de un bar en Puerto Rico. Para muchos norteamericanos es incomprensible que un deportista que tuvo tantos problemas de drogas y con la justicia fuera tan querido. Imposible olvidar la imagen de su féretro cargado por dos caballos blancos, seguido por miles en las calles de Nueva York y por millones en televisión.

Su muerte tuvo muy poca cobertura en inglés. Pero la historia del “Macho” era la misma de muchos hispanos; alguien que empezó desde abajo, que se enfrentó con múltiples problemas y que, a pesar de todo, salió adelante con sus propias manos. Conozco montones de historias así entre los latinos.

Tengo otro ejemplo más de este abismo cultural que vivimos en Estados Unidos. La gravísima enfermedad del presidente venezolano, Hugo Chávez, operado por cuarta ocasión en Cuba por un cáncer recurrente, ha sido seguida por todos los medios de comunicación en español en Estados Unidos como si fuera una noticia local.

Pero la posibilidad de su repentina desaparición de la escena política de Venezuela, después de 13 años de férreo control, ha merecido sólo algunas menciones breves en algunos periódicos y noticieros televisivos en inglés. Uno pensaría que los lazos entre el gobierno de Chávez e Irán serían, al menos, un continuo motivo de preocupación para la seguridad nacional de Estados Unidos y, por lo tanto, para los medios en inglés. Pero no, las noticias del líder venezolano están sistemáticamente ausentes de los titulares.

Cuando los periodistas norteamericanos se quejan de que sus ratings están bajando, siempre les pregunto sobre las noticias latinas que están cubriendo. “Pocas”, es la repuesta más frecuente. Es un suicidio televisivo el no cubrir noticias que interesan al grupo étnico de más rápido crecimiento en Estados Unidos. Somos 50 millones de latinos; en el 2050 seremos 130 millones. Y vemos mucha televisión.

El abismo cultural en Estados Unidos está, todavía, muy lejos de cerrarse. No exagero al decir que muchos medios en inglés llegaron tarde al funeral (y a la vida) de Jenni Rivera.

¿Tiene algún comentario o pregunta para Jorge Ramos? Envíe un correo electrónico a Jorge.Ramos@nytimes.com. Por favor incluya su nombre cuidad y país.

Jorge Ramos es ganador del premio Emmy, autor de nueve libros y conductor del Noticiero Univision.


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