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Una coordinadora en Girls Inc., Carmen González, a la izquierda, bromea con Jessica Mendoza. Mendoza será la primera en su familia en asistir a la universidad. (Cindy Yamanaka/The Register)

Ella es la primera en su casa en ir a la universidad

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Columnista de Excélsior

Hay sueños tan imposibles que al verlos un poco cerca de alcanzar, no podemos descansar por miedo a que se nos vayan a escapar.

Hija de dos conserjes, Jessica Mendoza, de 18 años, está a punto de convertirse en la primera persona en su familia en asistir a la universidad.

Y no sólo cualquier universidad: la Universidad de California en Berkeley.

El mes pasado, Mendoza se graduó de la preparatoria. Al siguiente día se fue a Berkeley para su programa de verano.

Claro, ella pudo haber ido a un colegio comunitario. Pero ha visto a tantos otros estudiantes con sueños “imposibles” perder el impulso y nunca recibir sus títulos.

No importa lo difícil que tenga que trabajar, Mendoza está decidida a seguir enfocada y obtener no sólo su licenciatura, sino a ir a una escuela médica y a convertirse en una pediatra.

Por suerte, Mendoza tiene buenos mentores.

Como muchas personas que buscan alcanzar sueños que otros tal vez crean imposibles, Mendoza es una mezcla de esperanza y valentía.

También tiene algo más que le ayuda a seguir en su camino: un buen sentido del humor.

Nos conocimos en la organización que ayudó a que el sueño de Mendoza se convirtiera no sólo en un sueño posible, sino en un sueño grande.

Cuando le pregunto qué papel ha tenido Girls Inc. en su vida, ella se ríe. Pero su risa no es de nervios. Es una risa nacida después de obtener la suficiente confianza como para poderse reírse de ella misma.

Mendoza se ríe cuando me dice que ella comenzó su último año en la preparatoria de Costa Mesa sin ninguna idea de cómo ir a la universidad.

Sonríe al pensar en esos días, hace apenas unos meses, y admite que tampoco tenía ni la menor idea de lo que necesitaba hacer para poder llegar a una escuela como Berkeley, cosas como unirse a clubes y hacer servicio comunitario.

Desde que tenía nueve años, Mendoza ha criado a sus dos hermanas pequeñas pues sus padres trabajaban de noche. Ella hacía de comer, les daba de comer, cambiaba pañales y luego cuando comenzaron a ir a la escuela, les ayudaba con la tarea.

“No sólo fue una gran responsabilidad, sino que sacrifiqué mucho”, dijo Mendoza. “No podía formar parte de actividades escolares y tuve que crecer muy rápido”.

Al ayudar a criar a Kelly, ahora de ocho años y a Paola, ahora de nueve años, no podía hacer sus propias tareas hasta después de las nueve de la noche, cuando sus hermanas ya dormían.

La única despierta dentro de su pequeño apartamento de dos cuartos y un baño, estudiaba matemáticas, leía, escribía ensayos. Ella logró obtener una de las mejores calificaciones. Tomaba clases avanzadas desde literatura hasta clases de gobierno, biología y cálculo.

Todo su trabajo era para que un día pudiera convertirse en doctora y ayudar a otros niños, justo como ella siempre había ayudado a sus hermanas.

Aún así, se preocupaba de que lo que hacía no fuera suficiente y que necesitaba saber qué hacer. “Mis padres no sabían nada acerca del proceso para ir a la universidad”, dijo.

Una amiga la llevó a Girls Inc.

Mendoza y yo caminamos a lo largo de algunas clases en Girls Inc. Afuera hay un área de juegos con columpios y un gran juego de ajedrez. Mientras el personal se mantiene al tanto, las niñas, las más pequeñas hasta de cuatro años, juegan y corren.

La organización que data sus inicios a 1864, Girls Inc. ha formado parte de la comunidad de Costa Mesa durante 60 años.

Girls Inc. describe su misión de esta manera: “Alentar a las niñas a alcanzar todo su potencial y a comprender el valor y a afirmar sus derechos”.

Gracias al trabajo de voluntarios, el lugar se ve casi nuevo.

Pero ser una organización sin fin de lucro durante una recesión, es difícil. Los monitores de las computadoras esperan a tener todas las partes necesarias para tener la computadora entera.

Lucy Santana, presidente ejecutiva de Girls Inc. del condado de Orange, explica que su división sirve a 4,000 niñas al año. Con un personal de tiempo completo de 40 personas, y que al día llegan aproximadamente 60 niñas (durante el invierno) y 100 niñas al día (durante el verano).

Entramos a una pequeña habitación, en donde las niñas aprenden a tejer, algo que según una de las maestras les ayuda con las matemáticas al igual que con la coordinación.

Una de las niñas simplemente lo ve como algo divertido, “¡estamos haciendo bufandas!”, gritó.

Me sorprende ver una actividad tan tradicional, como tejer, en la agenda. Pero de la misma manera me sorprendo cuando entro a una habitación llena de Legos y un barco de pirata que las niñas están armando.

Y mientras me siento junto a Mendoza, descubro aún más sorpresas.

La mayoría de estudiantes en su último año de preparatoria ya han sido aceptadas a la universidad de sus sueños. En lugar de eso, Mendoza estaba deprimida.

“Trabajé para que mis padres se sintieran orgullosos de mí, para comprobarme a mí misma de lo que era capaz”, me contó Mendoza sin una pizca de arrepentimiento. Pero como miles y millones de estudiantes a punto de graduarse, ella también se enfrentaba a la cruda realidad de una economía difícil, con menos ayuda monetaria y con cuotas universitarias más altas.

Sí, sus padres estaban orgullosos. Pero ¿ir a la universidad? Su papá conduce un viejo Toyota y por el momento no tiene trabajo.

“Mis padres hablaron conmigo y me explicaron cómo no tenían el dinero para pagar por mi educación”.

Pero ella perseveró y continuó yendo a Girls Inc. con la coordinadora Carmen González. En el proceso, Mendoza encontró aún más ayuda.

Sobre Girls Inc. y González, Mendoza dice lo siguiente, “ellos fueron una segunda familia para mí. Fue un lugar en donde yo sabía que me querían y comprendían por lo que estaba pasando”.

Con González, Mendoza y sus padres discutieron las opciones. Mendoza ya tenía nueve mil dólares en una beca para el primer semestre en la universidad y la posibilidad de ocho mil dólares para el siguiente semestre.

Finalmente, estuvieron de acuerdo con la posibilidad de ir a Berkeley.

¿Estás nerviosa? Claro que sí. Mendoza dice que tiene miedo. Pero aún tiene una gran sonrisa.

“Lo trataré”, dijo con un carismático optimismo, “y espero que todo salga de lo mejor”.

Su papá ya pegó una calcomanía de Berkeley en su auto.

Tal vez Mendoza esté en lo correcto. Cuando se da la oportunidad hay que tomarla.

Pero incluso si Mendoza termina abandonando Berkeley y sigue en una universidad menos costosa, su plan de convertirse en doctora seguirá en pie.

Con la perseverancia, los sueños de Mendoza no serán sólo sueños.

Porque los sueños son el futuro.


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