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(Foto archivo Excélsior)
Dos niños conversan durante un evento social. La habilidad de conversar se comienza a desarrollar a una edad temprana en el hogar.

‘Debate' no es una mala palabra

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Reportera de Excélsior

Mi madre fue criada en un tiempo en el que a los niños les enseñaban a ser vistos, pero no escuchados, y después de convertirme en madre, aún continúe viviendo con esta frustrante y difícil creencia, en especial para una hija que muy seguido suele estar aferrada a sus opiniones (yo).

Aunque mi hermana pequeña y yo no fuimos totalmente calladas durante nuestra niñez, el conversar con nuestros padres nunca fue una discusión. La mayoría de nuestras conversaciones con ellos consistían en ellos diciendo “no”, aunque a veces si mi madre se sentía con ganas de hablar le añadía un “no, porque yo digo y ya”. Si tratábamos de responder de cualquier manera (rogando, por ejemplo), nos acusaban de respondonas e inevitablemente terminábamos en problemas. Mi hermana se aprendió esta rutina pronto. ¿Yo?, pues digamos que yo fui un poco más lenta al aprender.

Hoy, ya que soy madre, no tan sólo aprecio las cuerdas bucales súper activas de mi hijo, sino que lo animo para que utilice el lenguaje para expresarse a sí mismo. Mientras más mejor. Esto me da una oportunidad de guiarlo en el arte de la conversación, una habilidad que suele ser muy útil para cuando uno es un adulto. Para mí, esa idea de que “los niños se deben ver y no se deben escuchar” ya terminó.

En nuestra lucha por criar hijos que muestren buenos modales y habilidades sociales apropiadas, muchos de nosotros nos hemos olvidado de que el ser social significa que deben saber cómo llevar a cabo una buena conversación con alguien. ¿Cómo esperamos que nuestros hijos aprendan las ideas fundamentales de cómo hablar, si nos pasamos la mayoría del tiempo callándolos?

Así que, ¿cómo podemos, como padres, encontrar el balance entre animar a nuestros hijos a que expresen sus pensamientos, sin que ellos piensen que todo lo que pueden hacer es discutir con nosotros sobre todo lo que les decimos?

Primero que todo, debemos darnos cuenta de que la palabra “debate” no es una mala palabra para un padre. El darle a su hijo algo de espacio para que ellos puedan debatir les enseña varias cosas, incluyendo el pensar críticamente y el defenderse a sí mismos, en especial si es algo que les causa mucha pasión (como 30 minutos extra de videojuegos a la semana).

No estoy hablando de cuando se quejan y comienzan con su “¿pero poooor queeeé?”. A lo que me refiero es a una conversación enfocada en un pensamiento bien desarrollado. por un niño que le puede dar las herramientas y la oportunidad de expresar sus preocupaciones.

Es la diferencia entre hablarle a su hijo y hablar con su hijo.

Desde que mi hijo estaba pequeño, yo me aseguré de enseñarle que no tiene que estar de acuerdo con todas las decisiones que yo tomo por él, y que tiene el derecho de hacerme saber. Pero para que yo lo escuche, él necesita mantenerse respetuoso y darse cuenta de que yo tengo la última palabra, no importa qué argumento sea.

Tan sólo al darle la oportunidad de expresar sus sentimientos y frustraciones de una manera productiva, lo hace sentir fuerte como miembro de la familia y lo hace sentir menos como un títere. No ha pasado muchas veces, pero sí ha pasado que él me hace darme cuenta que tomé una decisión por flojera o porque esa había sido la manera que a mí me habían criado; ninguna de las cuales es una buena razón para dar un “sí” o un “no”.

Los niños dependen de nosotros para guiarlos por la vida. Mientras crecen, se desarrollan y se convierten en adultos ellos creen todo lo que les decimos, lo cual significa que si les seguimos diciendo que sus opiniones no importan, algún día nos vamos a dar cuenta de que nos han creído.

Mi hijo sabe que sólo porque no está de acuerdo conmigo, eso no quiere decir que yo voy a cambiar de parecer, pero sabe que en nuestra casa, sus opiniones, siempre y cuando sean expresadas con respeto, son escuchadas. Nuestros hijos son criaturas emocionales, llenos hasta el tope de sentimientos acerca de todo, desde el horario en el que se duermen hasta las zanahorias que se comen, así que ¿por qué reprimir esos sentimientos? Claro, queremos que nuestros hijos sepan que como padres nosotros hacemos las reglas y que es su trabajo de tiempo completo seguir esas reglas, pero eso no significa que como resultado tengan que abandonar sus opiniones.

Al cultivar su habilidad de participar abierta y responsablemente en las discusiones familiares, estamos creando una fundación para su futuro, en donde algún día van a heredar un mundo que muchas veces espera conformidad y no creatividad y responsabilidad por las decisiones que toman en la vida.

Yo no quiero que mi hijo espere ociosamente y callado. Yo quiero que en el futuro mi hijo sea el primero en aclararse la voz, en medio de una junta en donde todos están callados y que diga “bueno, en mi opinión…”.


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