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(Patrick Semansky/AP)
El domingo pasado se llevó a cabo una manifestación en Charlotte, Carolina del Norte, justo antes de que comenzara la Convención Nacional Demócrata. Varios simpatizantes de Fidel Castro estuvieron allí.

Fidel Castro en la convención de Charlotte

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Columnista Independiente

Flaco favor le hacen a los inmigrantes, los activistas que se aparecen a las manifestaciones en que se aboga por una legalización de los indocumentados, con camisetas con el rostro y el nombre del dictador cubano Fidel Castro.

Ocurrió en Charlotte, durante la marcha de protesta previa a la apertura de la Convención Demócrata, en la que los inmigrantes se presentaron con el lema de “sin papeles y sin miedo”, que adornaron con figuras de las preciosas mariposas Monarca, que anualmente vuelan de Michoacán a Carolina del Norte, sin que las detecte la Patrulla Fronteriza.

Precisamente, más de media docena de activistas con poleras amarillas y blancas con la cara de Castro se ubicaron detrás de los caminantes de la causa pro inmigrante.

Con todo respeto, les pregunté acerca del motivo de su indumentaria y la respuesta fue tan dictatorial como las ordenes del octogenario ex mandatario oficial cubano.

“Apoyamos a Fidel Castro, a Hugo Chávez y estamos en contra del imperialismo”, me contestó un individuo con acento del Sur de Sudamérica, que no dejó hablar a los demás,

Cuando estaba a punto de argumentarle que era una contradicción que estuvieran disfrutando de una actividad democrática imposible de hacer en la Cuba de Castro, simplemente actuando como un matón lumpezco amenazó con golpearme.

El asunto por fortuna no llegó a mayores, el jefe del grupo, que tenía el cabello arreglado con rizos y una chivera mínima, se fue con sus áulicos para otro lugar del desfile y yo continué observando la marcha.

Entiendo perfectamente que todos tenemos derecho a tener una ideología propia y a expresarla pacíficamente.

Pero esa misma libertad me permite cuestionar a gente que viene aquí a promocionar a un personaje que ha sido enemigo de Estados Unidos, durante medio siglo, ad portas de un evento cívico para designar libremente al candidato presidencial de uno de los dos partidos políticos tradicionales.

No lo entiendo, porque Castro nunca ha permitido elecciones libres en la isla y mucho menos la expresión abierta de oposición a su régimen.

Si se ha perseguido y han organizado actos de repudio contra mujeres indefensas armadas con gladiolos, no me imagino lo que les podría pasar a los señores de las camisetas si se aparecieran en la Plaza de la Revolución de La Habana, con ropa que tuviera mensajes en contra de Castro.

La cuenta de asesinatos políticos registrados en los 52 años de dictadura de “Alejandro”, el guerrillero mítico de la embarcación Granma, va en más de 13 mil.

La Revolución Cubana surgió como la aventura romántica de un grupo de barbados que derrocó la dictadura de Fulgencio Batista y que en su camino, construiría una nueva sociedad y un hombre nuevo en el Caribe, donde la brisa peina las palmeras.

Lo malo es que el experimento resultó en un fracaso macabro. Las historias de horror de amigos y compañeros de trabajo cubanos que conocí en Los Ángeles y Miami, no me dejaron la menor duda de que en Cuba ha imperado la opresión y el miedo.

Eso sí, disiento de la premisa de que los cubanos son los únicos que han sufrido, dado que en Latinoamérica cada nación ha vivido su propia angustia, dolor y sangre.

La comunidad hispana de Estados Unidos tiene que hacer un ejercicio de entendimiento, en el que se busquen puntos de encuentro y se desdeñen símbolos que ofenden a otros y afectan la convivencia.

Y a los que odian a este maravilloso país, que no está libre de defectos, les digo que las puertas son angostas para entrar e inmensamente anchas para que se vayan quienes estén aquí a disgusto, entre ellos los que vienen a actuar como delincuentes comunes.

¿Cómo se espera que a los indocumentados se les dé la oportunidad de legalizar su situación migratoria, si se da la impresión de ir de la mano del enemigo?

En algo positivo, chévere, estuvo la cumbia que tocaron los Jornaleros del Norte frente al edificio del Banco de América, cuya arquitectura fue concebida por un hispano sudamericano.

Rafael Prieto Zartha es el director editorial del semanario Qué Pasa-Mi Gente, en Charlotte, Carolina del Norte.


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