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Foto de cortecia.

La gran adicción

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Columnista sindicado

El auditorio estaba casi lleno. El gran Joaquín Sabina había salido al escenario y cantaba la primera canción de su primer concierto en Miami, a finales del año pasado. El momento era mágico.

Pero de pronto, volteé a mi lado para ver la reacción de la gente y me encontré con cientos, quizá miles, de personas viendo sus teléfonos celulares y no a Sabina. En lugar de disfrutar de ese momento irrepetible, una buena parte de la audiencia tomaba fotos y grababa el concierto en su celular. Parecía un mar de luciérnagas electrónicas. ¿Qué pensaría Sabina que en lugar de verlo directamente, muchos prefirieron hacerlo a través de una maquinita?

El celular nos acerca de los que están lejos, pero nos aleja de los que están cerca. He leído tanto esta frase que ya no sé ni a quién atribuirla. La realidad es que hay gente que literalmente vive y duerme pegada a su teléfono y que le entra un verdadero sentido de urgencia cuando recibe una llamada, texto, correo o tweet. Es decir, lo de lejos toma prioridad frente a lo que está cerca.

El celular es el gran interruptor de la vida. Lo interrumpe casi todo. Desde conciertos y fiestas hasta citas o vacaciones, ninguna ocasión es inmune a verse interrumpida por estos aparatos. En consecuencia, nuestros teléfonos también se han convertido en una terrible adicción. Su funcionalidad como versátiles minicomputadoras – equipadas con mapas, calendarios, cámara fotográfica y conexión a Internet, además de colecciones de libros, música y juegos – nos dan la sensación de estar en todas partes al mismo tiempo.

Pero, también, el celular nos lleva peligrosamente al aislamiento y a la muerte. No exagero ni soy dramático. En toda reunión social a la que he asistido últimamente los celulares son como invitados de honor; tan importantes o más que las personas de carne y hueso que están ahí presentes. No hay nada más patético que una comida familiar en la que todos están usando el celular. Y cuando veo a alguien hablando por celular en una reunión, siempre tengo la incómoda sospecha de que esa persona no quería estar ahí y que preferiría estar en otro lado. Mucho más urgente es el hecho de que debemos guardarlos cuando estamos manejando (sin duda, lo más suicida que he visto es a un motociclista usando el celular). Estudios de universidades sugieren que usar los teléfonos al manejar es tan arriesgado – o quizá más – que conducir ebrio. De hecho, investigaciones realizadas en 2010 por la National Highway Traffic Safety Administration revelaron que en cualquier momento, en Estados Unidos hay un promedio de 600,000 conductores hablando por sus teléfonos.

“Adicción a estos aparatos es una buena forma de pensar en ellos”, dijo Deborah Hersman, directora del Consejo Nacional de Seguridad en el Transporte, en una entrevista con The New York Times en diciembre. “No es diferente a fumar”. Es por eso que, como parte de una campaña para evitar accidentes causados por conductores distraídos, Hersman ha recomendado que todos los estados prohíban el uso de teléfonos al manejar, incluso los móviles que no requieren el uso de las manos. La razón es muy clara: la atención enfocada en hablar, textear o revisar el Internet es atención restada a la función de conducir, y eso puede costar vidas.

La recomendación, no obstante, ha sido en vano. La NTSB no ha logrado generar interés público en una legislación nacional que restrinja el uso de teléfonos para quien esté manejando un auto. La actitud general en este país es que vale la pena correr el riesgo – al parecer todos preferimos vivir (y manejar) con nuestros teléfonos que sin ellos. Eso es comprensible. Somos, después de todo, adictos.

Pero tal vez nuestra adicción disminuya algún día. En un artículo de opinión publicado en The New York Times en enero, Pico Iyer, el incansable viajero y periodista, llamó la atención a investigaciones donde se ha comprobado que el adolescente promedio estadounidense envía o recibe 75 mensajes de texto diariamente. A pesar de lo anterior, hay un lugarcito del mundo donde nadie prohíbe el uso de celulares pero donde casi nadie los usa. En un reciente viaje a París noté con sorpresa que cuando la gente salía a comer a un restaurante, no usaba sus celulares y ni siquiera los tenía arriba de la mesa.

El concierto de Sabina fue espectacular. Nunca lo había oído en vivo y estoy seguro que regresaré a verlo en otras ciudades del mundo. Pero me quedé con esa rara sensación de que él no quedó muy contento. Cuando tus fans prefieren verte por celular y no en vivo, algo no está funcionando bien. Ni siquiera un concierto con Sabina pudo romper la gran adicción.

¿Tiene algún comentario o pregunta para Jorge Ramos? Envíe un correo electrónico a Jorge.Ramos@nytimes.com. Por favor incluya su nombre cuidad y país.

Jorge Ramos es ganador del premio Emmy, autor de nueve libros y conductor del Noticiero Univision.


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