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(Armando Brown/Para The Register)
Virginia Yañez se ve apreciando un monumento conmemorativo reconociendo a las personas mexicoamericanas que fueron retiradas de California, por la fuerza, durante la Gran Depresión. La ceremonia se llevó a cabo en la Plaza de Cultura y Arte de Los Ángeles.

Caras de inmigración: Una mujer regresa a EE UU 83 años después de su expulsión a México

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Reportera de Excélsior

Este perfil es parte de una serie en la que la gente local cuenta cómo ha afectado sus vidas la inmigración –documentada e indocumentada


Ochenta y tres años atrás, Virginia Yáñez y sus hermanos se encontraron de repente en un país extranjero, sin dinero e incapaces de hablar el idioma.

“Fue lo peor... que hemos sufrido. Todavía duele”, dice Yáñez, de 89 años, al recordar la mudanza.

Yáñez, de seis años en ese momento, fue uno de los miles de niños nacidos en Estados Unidos, que en la primera parte del siglo XX se vieron obligados a abandonar sus hogares y ser llevados a un lugar irreconocible: México.

Yáñez, su familia y millones de otros estadounidenses de origen mexicano fueron el blanco de un agresivo programa provocado por la Gran Depresión y encabezado por el gobierno de Estados Unidos, para enviar a 1.2 millones de ciudadanos estadounidenses de origen mexicano a su patria ancestral México, en los años de 1929 a 1944.

Durante la repatriación mexicana de la década de 1930, dos millones de personas de ascendencia mexicana -la mayoría aquí legalmente- fueron obligadas a salir del país por amenazas y actos de violencia.

El domingo, Yáñez -quien vivió en el condado de Orange durante 20 años, antes de trasladarse a Hemet hace dos años- sostuvo una pequeña bandera estadounidense en una ceremonia en honor de los sobrevivientes de la repatriación de 1930, que tuvo lugar en Los Ángeles. Eclipsada por una placa de piedra negra, ella pronunció las palabras estampadas en un monumento permanente que da disculpas de parte California por su papel en las remociones en masa.

El Fondo Mexicano Americano de Defensa Legal y Educación y la Plaza de Cultura y Artes patrocinaron el acto, al que asistieron cientos de sobrevivientes, dignatarios y celebridades, incluso Eva Longoria, para dar a conocer el monumento como una disculpa formal por parte del Estado. Cerca de 400,000 de los millones de desplazados eran ciudadanos estadounidenses o residentes permanentes legales que vivían en California

Yáñez dijo que el monumento y la ceremonia ayudaron a sanar las heridas un poco.

La mujer de estatura pequeña y fuerte, con grandes ojos marrones y su hermana mayor, Consuelo -igual de estatura pequeña, con una sonrisa pícara - apenas podían ver más allá de la pared de los medios de comunicación alineados entre ellas y los ponentes en el evento. Aún así, no importaba mucho, dijo, porque estaba preocupada por los recuerdos del pasado que se agolparon en su mente.

En 1929, Yáñez escuchó por primera vez las conversaciones de sus padres acerca de los muchos estadounidenses de origen mexicano, presionados para abandonar el país.

Sus padres, Cleto y Dina de Anda, entraron legalmente en el país después de huir de las consecuencias de la Revolución Mexicana. Era una época diferente y pagaron un peaje de un centavo en 1919, para cruzar a los Estados Unidos de manera legal desde México, dijo Yáñez.

Cleto de Anda trabajó en una fábrica de hielo y más tarde en una mina de plata, lo que le dio el dinero suficiente para dar una vida cómoda a su familia, dijo Yáñez.

Compró una casa rodeada de frondosos árboles frutales, vides y un jardín de fresas en Roseville -un pequeño pueblo rural del norte de California. La pareja de siete hijos prosperaron, los mandaron a la escuela y cantaban en el coro de la iglesia. Yáñez dijo que recuerda que nunca les faltó nada cuando vivía allí.

“Siempre teníamos un montón de comida”, dijo. “Me encantaba comer las fresas. Vivíamos muy bien”.

Yáñez, una de los pocos estudiantes estadounidenses de origen mexicano en su escuela, predominantemente de raza blanca, dijo que nunca se sintió discriminada.

Esto cambió durante la Gran Depresión.

En reacción a la economía en espiral, funcionarios federales, locales, estatales y el sector privado colaboraron para expulsar a las personas de ascendencia mexicana, a atacarlos en las redadas, a llamarlos de manera indiscriminada "extranjeros ilegales", incluso cuando eran ciudadanos estadounidenses o residentes legales permanentes. Las deportaciones forzosas e ilegales y detenciones intimidaron al punto de huir. Este fue el caso de Yáñez y su familia.

El jefe de Cleto de Anda le dijo que pronto estaría sin trabajo debido a su raza y le dio dos opciones: quedarse y finalmente ser despedido, o aceptar un boleto de tren de ida a México.

Optó por lo segundo, dijo Yáñez.

“Mi madre hizo lo que quería mi padre”, dijo. “Pero ella lloraba mucho. Eso dañó más a mi madre que a mi padre”.

De Anda vendió su casa por $300 y puso tanto como pudo en un maletero verde y negro.

Yáñez aún recuerda lo emocionada que ella y sus hermanos estaban en la estación de tren por la nueva aventura.

“Pensamos que nos íbamos en un viaje”, dijo.

Sin embargo, ella se dio cuenta que algo andaba mal.

“Mi madre lloraba y lloraba”, dijo.

Incluso ahora, su cara se ruboriza y sus ojos se llenan de lágrimas pensando en ese momento.

“Ella pensó ‘¿qué voy a hacer con siete hijos?’”, dijo Yáñez.

La casa marrón de adobe con piso de tierra y sin agua corriente, en una ciudad del desierto rural del estado de Jalisco, fue un gran cambio de la casa de la soleada California, coronada con un enrejado delantero de jardín exuberante.

Las chicas que estaban acostumbradas a comprar zapatos nuevos y vestidos, ahora estaban descalzas. En un pueblo sin escuelas e incluso sin hospital, las chicas pasaban su tiempo cazando animales silvestres para ayudar a alimentar a su familia, e incluso se convirtieron en expertas en la captura de serpientes de cascabel.

“Yo anhelaba pan dulce o fruta que acostumbrábamos comer”, dijo Yáñez. “Yo quería ir a la escuela.”

La comida -en su mayoría frijoles y tortillas- de México no les cayó bien a Yáñez y a sus hermanos. Pocos meses después de mudarse a México, las dos hermanas más jóvenes, Dora y Filomena, cayeron enfermas. Las niñas murieron con pocas horas de diferencia, dijo Yáñez. Al mismo tiempo, la madre de Yáñez sufrió de varias enfermedades, incluyendo dolores de espalda.

Además, los niños mexicanos se burlaban que Yáñez y sus hermanos hablaban poco español y de lo diferente de su ropa -incluyendo sus vestidos cortos y bombachos-, de moda entonces para las chicas americanas. Las chicas mexicanas llevaban vestidos largos, sin ropa interior, dijo Yáñez.

La familia se trasladó a varias ciudades antes de establecerse en un rancho.

“Nunca volvimos a tener lo que una vez tuvimos. Lo que teníamos aquí”, dijo Yáñez.

Durante todo su tiempo en México, Yáñez se prometió que algún día volvería. A los 27 años se mudó al sur de San Francisco, pero tuvo que aprender el idioma de nuevo. Lo único que sabía en inglés eran las rimas escolares y las canciones del coro que aprendió en la iglesia.

“Todavía las recuerdo”, dijo.

Yáñez conoció a su esposo en el área de la bahía, se casó y tuvo hijos. Mientras que ella hacía los viajes a México para visitar a sus padres, nunca le gustó mucho volver y se mantuvo lejos en los últimos años.

Con el tiempo, volvió a aprender inglés y lo habla con fluidez. Sin embargo, ella se siente más cómoda hablando en español.

A pesar de ello, dijo que nunca se sintió cómoda en México.

“Yo soy estadounidense”, dijo en español. “Siempre fui una americana.”



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