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Jorge Ramos

La supuesta invasión mexicana

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Columnista sindicado

Durante muchos años, el país más poderoso del mundo se sintió vulnerable ante los inmigrantes que venían de México.

En cuatro décadas, México envió a Estados Unidos más inmigrantes que cualquier otro país en la historia – unos estadounidenses decían que se trataba de una “invasión” de mexicanos, y muchos políticos declararon que los inmigrantes tenían como objetivo apoderarse de empleos de trabajadores estadounidenses. Algunos grupos incluso vieron este flujo nada menos que como una “reconquista” de los territorios que perdió México frente a Estados Unidos en 1848.

Bueno, eso se acabó. En un hecho que ha tomado a muchos por sorpresa, esa tendencia se ha detenido por completo. Los mexicanos, en lugar de venir a Estados Unidos, se están regresando a México.

El Pew Hispanic Center acaba de reportar que el número de mexicanos en Estados Unidos bajó de 12.6 millones en 2007, a 11.9 millones en el 2011. Esto es absolutamente inusitado, sobre todo si tomamos en cuenta que en el año 2000, por dar un ejemplo, llegaron a Estados Unidos 770 mil mexicanos. Ya no.

La pregunta de fondo es ¿por qué se están regresando?

Aquí, inmediatamente, han salido muchos políticos a dar su sesgada visión de los hechos. El presidente Felipe Calderón se tomó el crédito y dijo que “estamos creando oportunidades de empleo y de educación para los jóvenes en México”. La realidad es que el gobierno de Calderón no pudo crear un millón de empleos al año, como prometió en su campaña. Y si no pudo dar trabajo y buenas escuelas a miles de jóvenes en México, mucho menos lo ha hecho para los que se regresan de Estados Unidos.

El centro Pew es más objetivo. Los mexicanos en Estados Unidos se están regresando a México debido a “la debilidad del mercado laboral en Estados Unidos y a que no hay trabajo en la construcción, a que hay más vigilancia en la frontera, al aumento de las deportaciones, al creciente peligro de cruzar ilegalmente, a la reducción de la tasa de natalidad en México y a mejores condiciones económicas en México”.

Lo sorprendente de este regreso de mexicanos es que prefieren una nación marcada por la violencia y 50 mil muertos en cinco años, a quedarse en Estados Unidos donde se sienten perseguidos y discriminados. Es decir, prefieren arriesgarse a los balazos de los narcos en Michoacán y Sinaloa, que a los policías actuando como agentes migratorios en Alabama, Georgia y Arizona.

En columnas previas he comentado que nunca en los más de 25 años que llevo viviendo en Estados Unidos, había visto un clima antiinmigrante tan hostil y destructivo como ahora. Barack Obama está en camino de ser el presidente estadounidense que más inmigrantes mexicanos ha deportado en la historia, separando a miles de familias. En varios estados republicanos han votado por la aprobación de leyes que hacen más difícil la existencia de los inmigrantes, y están opuestos al Dream Act, que ofrecería una ruta para la ciudadanía de los hijos de inmigrantes traídos a este país por sus padres.

Mitt Romney, que se perfila como el candidato presidencial republicano, incluso ha sugerido que la “auto-deportación” podría ser una alternativa viable en lugar de una verdadera reforma de inmigración. De hecho, la mayoría de los líderes republicanos dicen que no considerarán siquiera cualquier forma de legalización para residentes indocumentados hasta que la frontera entre México y Estados Unidos sea segura. El problema, por supuesto, es que la frontera nunca ha estado más segura.

Es posible que el número de mexicanos en Estados Unidos vuelva a aumentar cuando termine aquí la crisis económica y se vuelva a necesitar, como antes, su mano de obra. Pero por ahora la tasa es cero o menos.

Éste es, entonces, el momento perfecto para una reforma migratoria. Ya que se tiene controlada la frontera y se ha reducido el número de mexicanos, es necesario ayudar y legalizar a los millones de indocumentados que viven en Estados Unidos. Seguir haciéndoles la vida imposible es injusto e inhumano.

Los países verdaderamente grandes se miden por la manera en que tratan a los más vulnerables, no a los más poderosos. Es una contradicción enorme el que Estados Unidos tenga en su declaración de independencia que todos somos iguales y que, al mismo tiempo, trate tan mal y de una forma denigrante a millones de inmigrantes.

No hay invasión, ni reconquista. Lo que sí hay es un odio horrible e injustificado en contra de los que tanto hicieron por sacar adelante a Estados Unidos en sus momentos más difíciles.

¿Tiene algún comentario o pregunta para Jorge Ramos? Envíe un correo electrónico a Jorge.Ramos@nytimes.com. Por favor incluya su nombre cuidad y país.

Jorge Ramos es ganador del premio Emmy, autor de nueve libros y conductor del Noticiero Univision.


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