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El congresista de Idaho, Raúl Labrador, habla durante una conferencia de la Unión Americana Conservadora. Labrador dijo que no votaría por una reforma que lleve a la ciudadanía a los millones de indocumentados que se encuentran en el país. (Mark Wilson/Getty Images)

Y la ciudadanía ¿para cuándo?

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Columnista independiente

La “torta” de la semana que pasó, en lo que tiene que ver con los avances para una reforma migratoria, la puso el congresista de Idaho, Raúl Labrador, al afirmar que no votará por dar la ciudadanía a los indocumentados que se legalicen mediante un eventual cambio en las leyes de inmigración.

Labrador, originario de Puerto Rico, igualmente indicó que un proyecto de reforma integral no prosperará en la Cámara de Representantes si se le da una vía a la ciudadanía a los 11 millones de inmigrantes, que hoy carecen de un estatus que les permita permanecer en el país.

Yo pensé que todo estaba claro, que después de la lección dada por los votantes hispanos el 6 de noviembre pasado, la mayoría de los legisladores republicanos habían entendido que se tenía que atraer al voto latino en lugar de espantarlo.

Lo peor es que no lo entiendan cabezas testarudas como la del representante Labrador, que siendo un conservador redomado tendría que hacer cuentas con los dedos de la mano, para concluir que su partido no volverá la Presidencia si no cuenta con una porción considerable de los electores hispanos.

De acuerdo con la encuesta de Latino Decisions-ImpreMedia, Obama logró 75 por ciento del voto hispano, contra 23 por ciento de Romney.

El senador de Arizona y ex candidato presidencial republicano, John McCain, lo dijo sin vergüenza cuando se anunciaron los principios del grupo bipartidista de los ocho senadores: se trata de un asunto electoral.

El gobernador de Luisiana, Boby Jindal, lo puntualizó con su frase lapidaria: el Partido Republicano “tiene que dejar de ser el partido estúpido”.

Es clarísimo que para lograr la popularidad que el Gran Viejo Partido (GOP) tuvo con el ex presidente George W. Bush, que en 2004 llegó al 44 por ciento de los electores latinos, se necesita un cambio de actitud. Pero ese cambio de actitud, no puede ser alargando el proceso de obtención de naturalización para los legalizados. Por el contrario, deberían agilizar el paso a la ciudadanía para que los que hoy no tienen papeles, voten por sus candidatos cuanto antes.

¿Acaso no hay, entre la masa de inmigrantes por legalizar, individuos de pensamiento conservador?

Vale la pena recordarles a algunos republicanos que la vía hacia el voto latino consiste en entender algunos principios de los que ya escribí y que transcribo:

La mayoría de los hispanos detesta que a los inmigrantes que carecen de estatus  migratorio se les llame “ilegales”, prefieren que los identifiquen como “indocumentados”.

Tampoco consideran sensible que a los trabajadores inmigrantes se les defina como “criminales”, si no han cometido delitos que ameriten ese calificativo, que en español se asocia con “homicidas”, “ladrones”, “violadores”, “corruptores de menores, “narcotraficantes” o “delincuentes comunes”.

La legalización de los trabajadores sin papeles debe contemplar una vía a la ciudadanía, para no crear una masa de gente residente de segunda clase en el país

A los hijos de indocumentados nacidos en Estados Unidos, que por consiguiente son ciudadanos, no se les debe aplicar el rótulo de “niños ancla”, ni promover quitarles su derecho a ser estadounidenses.

No hay quienes no reconozcan que el inglés es el idioma del país, y que es necesario aprenderlo, pero oficializarlo sólo busca conculcar derechos adquiridos para que sectores de la población comprendan asuntos fundamentales, en salud o leyes.

Los soñadores y los trabajadores agrícolas deben ser incluidos en la solución definitiva. Y por favor, no revisitar nunca el concepto de “autodeportación”

Los demócratas también tendrían que reflexionar si es sensato que se alargue el proceso de naturalización, para los eventuales legalizados a diez o doce años. Aunque lo sensato, al fin de cuentas, es que se apruebe una reforma integral que dé tranquilidad a los inmigrantes.

Rafael Prieto Zartha es el director editorial del semanario Qué Pasa-Mi Gente, en Charlotte, Carolina del Norte.


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